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La “fake city” de UBER y los coches voladores; para 2020?

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Empecemos por el final; ¿coches voladores? ¿En 2020? Venga ya…

Es curioso porque, la semana pasada sin ir más lejos, aludía a los obstáculos regulatorios que inevitablemente se interpondrán en el camino de los coches voladores para las smart cities del futuro. Porque una cosa es que la tecnología exista, y otra bien diferente es que las autoridades permitan los vuelos privados —sean del tipo que sean— sobre suelo urbano.

3 obstáculos que impiden que tu ciudad sea smart city

¿Quién se va a ocupar de regular este nuevo tráfico aéreo? ¿Se tratará de coches sin piloto/conductor? ¿La inteligencia artificial y los sistemas de navegación autónoma habrán avanzado lo suficiente en 2020 para que sea más seguro dejar el vuelo en manos de un ordenador? ¿Existirá algún tipo de cerebro u ordenador central que coordine el vuelo de todos los coches que estén en el aire en cada momento? En el caso de que podamos pilotar nuestros propios coches, ¿podremos hacerlo libremente por el cielo o habrá que seguir determinadas rutas o vías aéreas?

En todo caso, lo que siempre he manifestado es que los coches voladores llegarán antes que su regulación, como ha sucedido con otros tantos avances e innovaciones. Los teléfonos, por ejemplo, existieron treinta años antes de que se regulara y fiscalizara el mercado telefónico, pero —evidentemente— no era tan peligroso usar un teléfono como sería volar en un coche, ¿verdad?

Sin ir más lejos, te invito a preguntar a cualquier empresa que presta servicios audiovisuales —o de cualquier otra índole—  con drones sobre los permisos necesarios para volar uno de estos aparatos sobre una ciudad. En muchos países está, simplemente, prohibido, por los peligros inherentes a que haya objetos volando —¿descontroladamente?— por encima de nuestras cabezas. En otros lugares está tan regulado y la burocracia se demora tanto que a los operadores de drones no les compensa la consecución de los permisos.

En definitiva, para que la industria del coche volador pueda “despegar”, hay que establecer algún tipo de orden en el cielo, a la vez que se debe contar con las garantías necesarias en cuestión de seguridad y protección de los ciudadanos, tanto de los que están volando como de los que están paseando tranquilamente por la ciudad y no han de ser expuestos a peligros innecesarios.

Ir a artículo previo sobre smart cities y coches autónomos

Uber, a por la regulación del espacio aéreo con ayuda de la NASA

La semana pasada supimos que, en efecto, Uber se había asociado con la NASA para poner en marcha una iniciativa de taxis voladores, que empezarían a funcionar en Los Ángeles en 2020. Ahora bien, lo interesante de la noticia —por lo menos para mí— no es tanto la relativa a los taxis voladores, sino a la participación de la NASA, cuyo papel será el de desarrollar un sistema de gestión del tráfico aéreo, que precisamente permita poner ese orden al que he hecho referencia más arriba.

Y sí, la realidad es que he hecho una pequeña trampa en la redacción de este artículo; porque no es lo mismo taxis voladores —sin ruedas—, que coches voladores, que pueden circular tanto por la calle como volar por el aire. Ahora bien, insisto, no es tan importante la tecnología como la regulación porque a un taxi volador —que es, en definitiva, un dron— es muy fácil ponerle ruedas, pero no lo es tanto desarrollar un sistema de circulación para aparatos voladores urbanos. Pero la NASA rubrica la seriedad de la iniciativa.

Una segunda trampa es que este sistema de taxis voladores no estará funcionando a pleno rendimiento en 2020, sino que será entonces cuando empiecen las primeras pruebas en Los Ángeles, Dallas, Texas y Dubái. Estaremos muy atentos.

Lo que tendría sentido es que, antes de echar a volar estos aparatos en el cielo, se pudieran realizar pruebas, en una gran ciudad, pero que no fuera una ciudad de verdad. Una especie de decorado, con edificios, árboles, cables de alta tensión y personas, todo de cartón piedra, para probar cómo se desenvuelven los taxis voladores en un entorno “real”.

Tiene tanto sentido que esta “fake city” o ciudad falsa ya existe, y ha sido construida —precisamente— por Uber, aunque está ideada para pruebas con coches “convencionales”, de los tienen ruedas y circulan por el suelo, pero dotados de sistemas de conducción autónomas. Coches sin conductor, para que nos entendamos.

Una ciudad falsa construida en Pittsburgh y denominada Almono, poblada de coches, peatones —maniquíes—, rotondas, cruces y edificios —simulados con contendedores— sobre un terreno de aproximadamente 200.000 m2.

ciudad falsa almono uber

Ésta es la “fake city” de Uber

El propósito de Almono es recrear un entorno móvil e interactivo mediante el que probar y perfeccionar los sistemas de navegación de los coches, a la vez que entrenar a los conductores de los coches para cuando las pruebas se realizan en entornos reales.

¿Conductores de los coches? Sí, al volante de los coches se sitúa un piloto probador, por cuestiones de seguridad, y una vez se superan las pruebas en Almono, los coches son probados en entornos urbanos reales, con esos mismos conductores tras el volante, aunque no hagan uso de las manos ni de los pies, salvo en caso de emergencia.

Huelga decir que los maniquíes de Almono se mueven, e incluso se abalanzan sobre los vehículos. Desde Uber afirman que las condiciones a las que se someten los coches durante estas pruebas superan ampliamente en dificultad y riesgo a las que existen en la vida real de la vía pública; se pretende que estos coches autónomos operen con márgenes de seguridad muy amplios.

Una última cuestión —la más interesante para mí— es si, cuando el vuelo aéreo privado urbano se popularice, consolide, abarate y —sobre todo—, democratice, ¿seguiremos utilizando el coche de cuatro ruedas convencional? ¿Qué sentido tendrá desplazarse por tierra cuando podamos hacerlo mucho más rápidamente por el aire?

Jorge es un profesional inmobiliario con más de 15 años de experiencia, especializado en innovación inmobiliaria, desarrollo de negocio y corporate real estate internacional.

Jorge también es autor de “Officeye, la Guía de Edificios de Oficinas de Madrid” y de “Blockchain para todos los públicos y sus aplicaciones en el sector inmobiliario, financiero, sanitario y cultural”

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