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El gran obstáculo de la realidad virtual inmobiliaria

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Este mes se estrena —por fin— Ready Player One, película dirigida por Steve Spielberg y basada en un libro de Ernest Cline. Debo confesar que desde que me leí el libro el año pasado, vengo contando los días hasta poder ver esta genial historia reflejada en la gran pantalla.

El eje central de Ready Player One es un metaverso —un mundo virtual— llamado “OASIS”, acrónimo de Ontologically Anthropocentric Sensory Immersive Simulation, en el que los ciudadanos del año 2045 pasan las horas huyendo de la realidad cotidiana de la distópica sociedad futura que les ha tocado vivir. OASIS es un mundo totalmente inmersivo, en el que personas, empresas, corporaciones e instituciones de todo tipo crean ciudades, países e incluso planetas, que los usuarios del sistema pueden explorar y navegar a su antojo. Los usuarios sólo necesitan unas gafas de realidad virtual y unos guantes hápticos para jugar, divertirse y perderse en OASIS, pero donde también pueden asistir a clase, hacer la compra o practicar deporte.

Aquí tienes el tercer y último tráiler de Ready Player One, por si tienes curiosidad:

El año pasado ya hice alusión a los metaversos, con especial mención a Decentraland, un mundo virtual soportado sobre blockchain, en el que ya era —y es— posible comprar “suelo virtual” sobre el que construirse una casa o un castillo, e hice referencia a que todos los desarrollos de realidad virtual que se hagan en inmobiliario tendrían que existir “en alguna parte”.

Ir al artículo: ¿A qué esperas para comprar suelo en Decentraland?

Me explico. Muchas empresas inmobiliarias están experimentando con la realidad virtual como plataforma de venta y comercialización de sus inmuebles, pero los desarrollos son completamente independientes y con una funcionalidad bastante limitada: la de ver, mediante gafas de realidad virtual o directamente desde la pantalla del ordenador o el teléfono móvil, un inmueble determinado. La tecnología actual permite adentrarse y, hasta cierto punto, navegar el interior de una vivienda o edificio, pero no mucho más.

Para que nos entendamos, si estoy visitando virtualmente una casa unifamiliar —un chalet—, no puedo salir a la calle —la calle virtual, se entiende—, subirme en un coche —un superdeportivo virtual— e irme a ver otra promoción de viviendas, como si se tratara de un videojuego. Lamentablemente, cada empresa lleva a cabo sus propios desarrollos de realidad virtual, que a su vez son rehenes de diferentes tecnologías y aplicaciones desconectadas entre sí.

De la misma manera, existen compañías trabajando en la integración de BIM y realidad virtual, para vitaminar los procesos arquitectónicos y constructivos de los inmuebles. Sobre el papel, esto suena fantástico, pero el problema al que se enfrentan dichos desarrollos son los mismos que los mencionados anteriormente; dan lugar a aplicaciones y plataformas que solamente sirven a un fin en particular, quedando aisladas de otros desarrollos y aplicaciones.

En definitiva, no existe un protocolo de realidad virtual, que permita conectar los espacios virtuales entre sí. Éste es el gran obstáculo de la realidad virtual, inmobiliaria o de cualquiera otra índole.

Por ejemplo, pensemos en la era pre-internet. Algunas empresas y universidades contaban con redes de datos cerradas, pero eran para uso interno y funcionaban como silos de información, completamente aisladas y desconectadas entre sí. No se podía navegar entre ellas, porque no compartían un mismo protocolo.

Ahora bien, en cuanto a alguien se le ocurrió crear un protocolo común que permitiera utilizar una única red de información, surgió internet, y la existencia de una única red inició una auténtica revolución de los datos y de la comunicación. Desde cualquier dispositivo podemos visitar cualquier página, independientemente de cuál sea la fuente de la información. Todas las páginas están interconectadas, porque todas emplean la misma infraestructura de “autopistas”, para que nos entendamos.

Y esto es, quizá, lo que necesita la realidad virtual, de la que tanto tiempo venimos oyendo y tanto viene prometiendo, pero que no termina de cuajar, tanto en el inmobiliario como en el resto de sectores económicos.

Si todos los desarrollos virtuales existieran en un único lugar, o en lugares que compartieran una misma infraestructura, la experiencia de uso sería mucho más interesante, y todos nos habríamos comprado gafas, guantes e incluso un traje háptico, para pasar la tarde del domingo inmersos en una realidad que nos hiciera olvidar que el lunes por la mañana hay que ir a trabajar.

Un traje háptico, por si te lo estás preguntando, es un traje de cuerpo completo que te permite sentir lo que vives en un mundo virtual, a través de lo que se denomina “feedback sensorial”…

Jorge es un profesional inmobiliario con más de 15 años de experiencia, especializado en innovación inmobiliaria, desarrollo de negocio y corporate real estate internacional.

Jorge también es autor de “Officeye, la Guía de Edificios de Oficinas de Madrid” y de “Blockchain para todos los públicos y sus aplicaciones en el sector inmobiliario, financiero, sanitario y cultural”

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