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Por qué la eficiencia energética es mala para el medioambiente

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En el año 1865 un economista inglés de 29 años llamado William Stanley Jevons publicó un libro llamado “The Coal Question”. Jevons argumentaba en su escrito que cuanto más eficientes fueran los hornos de fundición de la época y menos carbón necesitaran para producir hierro, más bajarían los precios del carbón. A menor precio del carbón, menores serían los costes de producción, por lo que se podría producir más hierro, lo cual incrementaría nuevamente la demanda de carbón y anularía el efecto positivo del mejor rendimiento de los hornos. A esto se le ha denominado desde entonces como la Paradoja de Jevons.

Trasladado al siglo XXI, esta paradoja implica que cuanto menos consuman los coches alimentados por combustibles fósiles, más bajará el precio de la gasolina y el diésel, incentivando a los usuarios a realizar más desplazamientos. En la práctica y en términos muy simplistas, esto quiere decir que cuanto más eficientes son los coches, más gases de efecto invernadero son liberados en su conjunto a la atmósfera.

Ahora bien, como siempre que se trata de economía, existen argumentos en contra. En lo que atañe al automóvil, expertos contemporáneos afirman que solamente se pierde un 10% del ahorro de combustible por culpa del uso incrementado del coche, confirmando que la Paradoja de Jevons es de escasa aplicabilidad en el mundo moderno. Uno de estos expertos es Lee Schipper, un prestigioso investigador del Centro de Eficiencia Energética de la Universidad de Stanford.

¿Entonces? Si no es cierto que la eficiencia energética es perjudicial para el medioambiente, ¿por qué hay calentamiento global? ¿Por qué consumimos más energía, a pesar de que nuestros automóviles, nuestras fábricas, nuestras viviendas y nuestros edificios de oficinas son cada vez más eficientes?

Piensa por un momento en la nevera que tienes en casa. Es probable que dispongas de una nevera de última generación, que consume mucha menos electricidad que la que tenías anteriormente, y muchísima menos —hasta un 75% menos, quizá— de la que tenían tus padres, si es que la tenían, dependiendo de tu edad.

eficiencia energética jevons

¿Qué hiciste con la nevera “vieja” cuando adquiriste la actual? ¿Te deshiciste de ella o la dejaste en el garaje, para guardar pizzas y cervezas? ¿Quizá te la llevaste al apartamento de la playa?

Y en cuanto a tu nevera nueva, ¿cómo de grande es? ¿Es de doble cuerpo? Es bien hermosa, ¿verdad? Seguramente sea más grande que la anterior, y que aproveches las visitas al supermercado para llenarla hasta los topes.

¿Y cuánta comida terminas tirando a la basura, simplemente porque te has olvidado de ella en el fondo de la nevera? Según la OCU, en España tiramos un tercio de los alimentos que compramos —una vergüenza, ¿verdad?—, cifra que llega al 40% en EE.UU. Y cuando tiramos comida, estamos desperdiciando toda la energía invertida en crecerla y/o producirla, recolectarla, envasarla, transportarla, etc. Y todo ello porque, en esencia, es más barato refrigerar, y podemos abastecernos de comida suficiente como para olvidarnos exactamente de qué comida hemos comprado.

Pensemos en otro tipo de refrigeración, a saber, la de las viviendas. El aire acondicionado doméstico, en épocas no tan lejanas, era un lujo, pero ahora vemos máquinas colgadas en prácticamente todas las fachadas. ¿A qué se debe esto? Se debe, además de a que su precio se ha reducido significativamente, a que la tecnología es mucho más eficiente desde el punto de vista energético. Mucha más gente se puede permitir el gasto derivado de su consumo, por lo que muchos ciudadanos se han unido al club e incrementado su huella de carbono, cuando antes se limitaban a usar ventiladores o a abrir las ventanas para generar un poquito de corriente.

En EE.UU, por ejemplo, la electricidad que se emplea para climatizar los edificios en la actualidad, equivale a TODA la electricidad que se consumía en 1955. Así lo afirma Stan Cox, en su libro “Losing our Cool”.

Pero, encima de todo ello, existe un problema todavía mayor; cada vez somos más en el mundo, y cuanto más eficientes seamos energéticamente, a más personas podremos abastecer. Y cuantas más personas podamos abastecer, más energía consumiremos. Y así sucesivamente.

¿Cuál es la solución?

Una de las evidencias es que hay que reducir drástica y rápidamente nuestra dependencia de los combustibles fósiles, antes de que sobrepasemos el punto de no retorno medioambiental. Es vital perseverar en nuestra apuesta por las energías renovables, caiga quien caiga. Se deben eliminar todas las barreras regulatorias que, en ciertos países —incluido España— impiden la creación de smart grids —redes inteligentes— eléctricas. A los ciudadanos, de manera individual, se nos debe permitir la generación, el almacenamiento y la distribución individual de energía fotovoltaica.

Una segunda solución es la de monitorizar y fiscalizar el consumo energético de los inmuebles, en tiempo real. No es suficiente que un edificio tenga una carga térmica reducida, o que disponga de un sistema de climatización muy avanzado, si no vamos a hacer un uso inteligente —e incluso austero— del mismo, de la misma manera que no tiene sentido que tengamos una nevera el doble de grande, por la sencilla razón de que consume la mitad.

Hay que establecer topes o máximos en el consumo de los inmuebles, en función de la actividad que se realice dentro de ellos, y/o de las personas que los ocupen. Tan importante es no tirar la tercera parte de nuestra comida a la basura, como lo es no desperdiciar electricidad, simplemente porque sea barata.

Pero estamos de suerte; gracias al internet de las cosas, ya es posible medir en tiempo real cualquier tipo de consumo, y gracias a blockchain, ya es viable crear estructuras de información que transparenten estos datos para que podamos medir, controlar y reducir el consumo energético. ¿A qué estamos esperando?

Ir a artículo: ¿Un certificado de sostenibilidad para edificios en tiempo real?

Jorge es un profesional inmobiliario con más de 15 años de experiencia, especializado en innovación inmobiliaria, desarrollo de negocio y corporate real estate internacional.

Jorge también es autor de “Officeye, la Guía de Edificios de Oficinas de Madrid” y de “Blockchain para todos los públicos y sus aplicaciones en el sector inmobiliario, financiero, sanitario y cultural”

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